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jueves, 19 de octubre de 2017

El poder, ¿para qué?

Por Darío Elvis Camacho Noriega - Médico

Falta menos de un año para que finalicen los 8 años del gobierno SANTOS y los cuatro años de los actuales parlamentarios; van casi dos años de los Gobernadores y Alcaldes con el infortunio de que son muy contadas las muestras del buen uso del poder. El desprestigio del presidente ya casi es record, según las grandes encuestadoras que miden la popularidad de los personajes influyentes en la vida nacional, y el Congreso mantiene el deshonroso puesto de ser la institución más desprestigiada del país. Congreso y Presidente, los encargados de mejorar la calidad de vida, en especial de los de a pie, distrajeron su tiempo en el tema fundamental para el futuro del país, como es la paz, pero dejaron de lado graves problemas como el de la salud, cultivos ilícitos, narcotráfico y por supuesto, la corrupción.

Los años de abundancia de recursos estatales, producto de regalías por los buenos precios del petróleo, no impactaron positivamente lo que más requiere solucionar nuestro país, como es la inequidad social. Los ricos se hicieron más ricos y a los de a pie no se les mejoró su calidad de vida, de forma significativa.

Los ricos educan a sus hijos en las mejores instituciones del país o del exterior, lo pobres,  con desnutrición a bordo, problemas de vivienda, transporte e inseguridad, reciben educación tercermundista con maestros desmotivados, mal pagos, sin suficientes ayudas didácticas e infraestructuras en su mayoría obsoletas e inseguras, y restaurantes escolares con sabor a corrupción. Los ricos cuidan su salud con Medicina Pre pagada, con excelentes servicios dentro y fuera del país, chequeos ejecutivos, (no siempre necesarios). Los congresistas con régimen especial de salud, complaciente con excentricidades; los de a pie, ni con tutelas ni palancas, ni encadenándose, logran recibir servicios de salud oportunos y al menos en condiciones dignas.

Cuando a algunos congresistas se les cuestiona por su pobre ejecutoria sobran las disculpas, pero ninguno acepta que han usado el poder en beneficio propio o de sus allegados, dejando en segundo plano el interés nacional, el interés del colectivo. En salud no reconocen que prefieren las gabelas económicas o la burocracia que les generan las EPS, con tal de que las protejan del débil control de la Supersalud, así a sus electores les toque un pésimo servicio.

Como si fuera poco, el mal ejemplo de la rama ejecutiva y legislativa, la judicial dejo ver recientemente lo que se sabía pero no se publicaba, la venta de sentencias de todo tipo al mejor postor, el predominio de las palancas, los sobornos sobre las decisiones en derecho. Los supuestos honorables magistrados de las altas cortes y de múltiples tribunales, utilizando su poder para enriquecerse y aumentar la desconsoladora impunidad nacional. Qué decir de algunos funcionarios de organismos de control, de instituciones que deben cuidar el medio ambiente, utilizando sus podercitos en beneficio propio, pero nada qué ver con la misión, visión principios y valores de las empresas donde trabajan.

Qué vergüenza nacional el concierto diario de doble moral de muchos de quienes ostentan dignidades del Estado, fingen ser consagrados funcionarios y en realidad son picaros de cuello blanco que se hacen elegir o nombrar, comprando el cargo, y luego recuperan su vergonzosa inversión extorsionando a sus vigilados, como alcaldes de actuar irregular, rectores inescrupulosos de colegios, gerentes de hospitales poco honestos, entre otros. Cargos en los que cogió carrera que es necesario robar para después tener como defenderse ante los organismos de control.

Muy grave la crisis de principios y valores, qué mal ejemplo para quienes se están formando o inician en lo público. Nuestro país necesita un verdadero cambio, para ello hay que empezar por lo fundamental: principios y valores, tanto de los que eligen, como de los que son elegidos; no tanto marco normativo y sí mucho soporte ético y moral. Como nos hace falta la cultura milenaria de los antiguos griegos que simplemente vivían convencidos de que hacer las cosas bien sí paga y produce felicidad.

El poder que otorga el Estado es para servir al máximo a las comunidades, para el manejo respetuoso eficiente y eficaz de los recursos públicos que en verdad son sagrados, no para servirse, enriquecerse o para tener séquito pago de aduladores.

Los buenos servidores públicos logran grabar su nombre para siempre en el corazón de las comunidades, los malos solo en vistosas placas costeadas con recursos del Estado y en los  expedientes judiciales.

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