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jueves, 14 de diciembre de 2017

Corrupción: ausencia de principios y valores

Por Darío Elvis Camacho Noriega - Médico

Desde los casos más escandalosos del nivel nacional como los de Odebrecht, en el sector de infraestructura; el cartel de la toga, vergüenza judicial; el cartel de la hemofilia, entre los muchos del sector salud; el tumbe a los niños con el Plan de Alimentación Escolar PAE, pasando por los escándalos departamentales en el que predominan los elefantes blancos con la plata de regalías hasta los chanchullos de los municipios con las compras y obras de mala calidad con sobreprecios o las ficticias y los innumerables casos en sector privado que está siempre detrás de la corrupción en lo público. La extensión y persistencia de las prácticas corruptas en el país demuestran que no se trata de un fenómeno ocasional y aislado, ni que es exclusivo de la política, sino que estamos ante tendencias profundamente arraigadas en la cultura que afectan los códigos morales más profundos.Publicidad

La primera reacción ante este alud de corrupción es poner en entredicho la eficacia de los organismos de control y del sistema judicial, pero aunque el papel de estas instituciones es muy importante, hay que notar que su actuación tiene límites y se reduce a los hechos cumplidos: estas entidades no hacen mucho en prevención y poco o nada a la hora de combatir las raíces sociales del problema. En los diferentes niveles de los organismos de control también hay algunos personajes que llegaron allí porque compraron el cargo y su misión es la del famoso "cuarto de hora", extorsionando a los que vigilan o absolviendo compinches o a los que le ayudaron a llegar al cargo. De nada servirá pasar de las no menos de 60 contralorías, (la mayoría de bolsillo), a una sola, si la designación del líder o la entrada y permanencia de los funcionarios no se amarra a lo fundamental: LA ÉTICA.

La corrupción, epidemia mundial, cáncer de nuestra nación, no se asocia a nivel académico, etnia, religión o inclinación política, simplemente está arraigada en nuestra sociedad, es sinónimo de viveza; los papas poco éticos aplauden a sus hijos cuando hacen sus primeras pilatunas asociadas a la trampa, les dicen con orgullo que "son inteligentes", si son de estrato alto; "abejas" en estrato medio y bajo, cuando en realidad  no pasan de ser pichones de la corrupción.

El pensamiento y actuar solidario, soporte para combatir la corrupción en nuestra sociedad, se reduce al entorno familiar o clientelista. No tenemos lo que sí sucede en otros países con menos corrupción, donde la solidaridad abarca hasta toda una clase social, en especial la media; sus miembros, así no se conozcan, respetan los derechos, cumplen los deberes y lo recursos de la comunidad se consideran de todos; son vistos como verdadero bien público, en verdad sagrados y no como los ven los corruptos: un gran botín.

La corrupción, según expertos, sí se asocia al nivel socioeconómico; no en vano se ha acuñado el refrán "la ley es para los de ruana". Esto es relevante, porque los estratos alto y medio-alto son los mayores agentes de la corrupción en Colombia. Desde luego, la criminalidad se encuentra más abierta en los estratos inferiores, pero esta nace, en parte por las dificultades de acceso a las oportunidades económicas, inequidad y es secuela de la misma corrupción. También dicen los expertos que lo que históricamente ha existido en nuestro país, es un acomodo entre élites nacionales, regionales y locales: las primeras conceden a las segundas un amplio grado de autonomía a cambio de su respaldo. Centralismo corruptor.

Agregan que, "el limitado crecimiento económico del país y la concentración de sus beneficios, han significado niveles de apenas subsistencia para la mayoría de colombianos". Esta precariedad en las condiciones de vida obliga a concentrar la atención en satisfacer las necesidades más básicas, pero no permite pensar e influir en los niveles superiores, donde se fundamentan la moralidad y la solidaridad. Los analistas del fenómeno de la corrupción dicen que solamente el crecimiento de una clase media próspera, segura e independiente, puede fortalecer la capacidad moral.

En ausencia de una moral de base amplia, el Estado es percibido como un botín, una fuente de la cual hay que aprovecharse si la oportunidad lo permite. Y el sector privado no escapa a tendencias similares.

En Colombia nunca ha habido frontera entre corrupción y astucia.

Muy bien por quienes, a pesar de estar dentro de una sociedad complaciente con la corrupción, viven y fomentan sin protagonismo la cultura de: "hacer las cosas bien sí paga y produce felicidad".

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